Había un tiempo cuando todo era de oro y no necesitábamos nada porque todo estaba prohibido eternamente (y todo duraba por siempre). No hacía tanto calor, si-fa-re-do, no había casas más allá de los rieles del tren.
Ahora todo está desordenado (segunda ley de la termodinámica, referente a la entropía de un sistema) y el Sol nos quema el coco; dejamos el espinazo en los campos y las cosechas en el mercado y nada llega a nuestras casas. Nuestra patria, nuestro santuario, lo han profanado. Si-fa-re-do.
Ahora tenemos que armarnos de valor, queridos compatriotas, ir a la tierra vieja y buscar al profeta calvo (todavía quedan pedazos de él en Milano). Mainland, where is my land? Ahora viajas en un proyectil trasatlántico sabiendo que lo más probable es que fracases, que todas las esperanzas son siempre a la larga inútiles y que no lo haces por ti sino por tu pueblo, ese pueblo que sientes como te respira en la nuca.